Comunicación Alternativa // ISSN 2145-390X

CAMINO DE BICICLETA 34: SIEMBRA

Kamino de bisikleta treinta i kuatro
SIEMBRA


El que a buen árbol se arrima…

Mis parceros me llaman Pocho, eso ha cambiado con los años. Cuando era pequeño todos me decían gordo, tuve otros compas que mono y para las vueltas me hago llamar Juan. Juan es un nombre bastante normal, así que los tombos no se la pillan. A mÍ el que me parece más severo es el hippie ese que vive en Timiza y que me dice hermano, me dejó de comprar cuando comenzó a cosechar. Una vez me lo encontré con severa nena, iban de viaje y me llevó a su casa. Me mostró sus matas, sendos arbustos y nos fumamos un porrito de su yerba y claro era diferente, sabía más limpia. Pero ya no importa, yo ya no existo, o eso creo.

Se me olvida todo, todo se me diluye y se va. Es como si estuviera completamente trabado, mis primeras trabas a los diez. No me imaginaba cómo podía ser esto. Mi abuela tenía cuadritos religiosos por todo lado, colgados en las paredes, en pequeños altares que se tumbaban cuando se armaban los tropeles o cuando veníamos corriéndoles a mis tíos, porque llegaban borrachos a cascarnos o a mi abuela porque nos entraba de la calle a palo, -la calle no es para ustedes mocosos- decía. Por eso cada vez que tenía la oportunidad de abrirme del colegio lo hacía. Pero eso es otra historia.

Lo que le venía contando es que había en la pared de la cocina un cuadro donde estaba el cielo, el purgatorio y el infierno. El cielo con ángeles pinta, que acariciaban a los hombres que llegaban y les daban la mano a los del purgatorio lleno de manes pensativos y arrepentidos. Pero el infierno sí era una boleta parcero, lleno de pirobos diablos que le inflingían a uno severos castigos, cada escarmiento estaba relacionado con el pecado que uno había cometido. Se sabía porque los diablos lo tenían escrito en la frente. El que decía gula, embutía comida con una pala en la boca abierta con tenazas (parecidas a las que usa mi tío para jalar cables) en un hombre que estaba a punto de estallar y los siete así. Otros estaban aguardando su castigo en piscinas de lava, hasta alcanzaba a escucharlos gritando mientras se quemaban, pero no se morían. La parte de abajo del cuadro parecía real porque encima de las flameantes llamas el vidrio se veía completamente tiznado con el humo de la leña con la que cocinábamos.

Lo que le quería decir es que esto se me parece a una forma de cielo. Ya no tengo que estar armándolo y pegándolo es como si no necesitara algo, como si fuera parte de todo, de la naturaleza, de las plantas, de la mariguana que fumé por tantos años. Una mata para volver a ser fumada. Los recuerdos me vienen de una y zas, los tengo, pero los olvido y tampoco parece importar si están conmigo.

Igual, ya estaba mamado. Comenzamos a vender con el Chapulín. Primero sólo fumábamos, de vez en cuando una galeadita y uno llegaba reloco a las clases. La cucha de español se emputaba siempre porque yo me ponía a reírme cuando dictaba, pero es que tampoco se le entendía un culo y eso que era de español. Todas las tardes me tocaba ir a trabajar con mis tíos en el taller, el Tintín fue el primero que me ofreció lucas por la vuelta. El chino era uno de esos emos raros que después fue barra brava y metalero, o algo así, gótico creo que decían. Eso fue como en noveno, cuando era emo.

Yo sabía de unos manes de once que vendían y tenían su cartelito armado, los parceros que los cuidaban. Los cuchos ya los tenían fichados y les traían la policía de vez en cuando con requisas. Me hice un billete breve con el Tintín por un tiempo. Entonces hable con el Yotas, que era el duro de once, le comenté la vuelta y él plantió las condiciones y ya. Comenzamos a traquetear en forma y a comprarnos la de corotos. Eso parecíamos figuritas y como los jíbaros surtían a los ñeros afuera, pues nada, el Chapulín y yo pasábamos inmunes por el Class mientras atracaban y daban chuzo en todo lado hasta por una gorra.

Nos compramos sendas burras, y nos íbamos de bote a la “U” de Bellavista, o a las montañas que había antes en Britalia, teníamos parche en todo lado y cómo hacíamos el trabajo por la mañana, la tarde era nuestra. Yo le decía a mi mamá que había conseguido un empleo de mensajero y qué va, nos íbamos de bote después del almuerzo. Nos pegábamos sendos join en Mundo aventura, ahí detrás del Portal o si no allá en Patio Bonito donde no llegaban los cerdos a chimbiar. A veces hasta nos comprábamos la de chorro y llegábamos más contentos. Mi mamá se las olía cuando caía por la noche del trabajo, pero igual como yo estaba ayudando más de cómo lo hacía cuando le lavaba fierros a mi tío, pues todo bien. Esa fue la mejor época, pero como todo lo bueno no dura mucho.

Uno tenía que tener no sólo la línea afuera armada, tocaba ampliar el mercado y no hacer competencia, porque eso era complicado. Alcanzamos a montar el negocito hasta la vez que nos cogieron los tombos cansados. Estábamos abajo encaletando la vuelta, mientras subían a manosear a los de once. El favor de dejarnos vender se pagaba además cubriéndolos y nos pilló el cucho de algebra. Cerca de media libra, entre la pelota de ellos y la de nosotros. De una nos mandaron para una correccional o centro de rehabilitación que llamaban, pero qué va, allá se aprendían más mañas, usted sabe: entre más bravo el toro, mejor es la corrida o lo que a uno le prohíben es lo que más le gusta. Así fue que quedó preñada Yadira.

En fin, fue mejor que me dejaran así, en un cajón es más berraco, imagínese la descomposición y uno encerrado. Aquí viajé más rápido. Nos logramos volar como al año. Y no quedaba otra cosa que el negocio en forma. Por la casa ya no me podía ni aparecer, y me gustaba mucho la vuelta, las luquitas se daban fácil y uno tenía la de perchas. Eso sí, el problema, es andar paniqueado todo el día. Que la moto, que la parca, que no le voy a pagar y qué, no falta el tráfuga.

Todo fue como una montaña rusa y es mejor que se haya acabado esta mierda, total si siento un poco de nostalgia, pero cuando lo pienso es que ni siquiera siento, sólo estoy tranquilo, loco, o más que loco tal vez, el hippie decía que el efecto de la planta era recordarnos la tierra. Hoy soy la tierra, creo que la yerba sólo era un aperitivo comparado con esto.

Mi tío fue el primero que nos echó la tomba en forma un par de veces, me pilló una vez que vino de visita a su suegra. Después de mandarme al CAI, le dijo a mi mamá. Ella vino a buscarme, pero igual yo no me podía ir porque me guardaban otra vez.

No me dejaron comenzar y ya los cerdos me tenían de cliente. La cosa se puso gris porque cada vez cobraban más caro la cogida desde que la dosis personal quedó prohibida y eso que el cucho de sociales decía que ellos y los de arriba eran los que más ganaban con el narcotráfico. Recuerdo que el man decía que cómo era posible que la abuela de uno supiera donde quedaba la olla y ellos se la pasaran buscándola, qué va, puros cuentos, ellos surtían las ollas y cobraban su impuesto. Después me dí cuenta que la vuelta era así y que no sólo ganaban con el funcionamiento de la línea, también con los secuestros y extorsiones que le hacían a uno. Cuando chino me tocaba lavar el CAI, pero ahora los manes no bajan de veinte lucas y eso que no lo cogen montado, porque ahí si toca volver a conseguir el plante.

Pero los últimos días la cosa estaba peor con la limpieza. Los tombos dejaron de aparecerse para cobrar. El borrador era una camioneta blanca sin marcas y con una chapa rara, toda ficticia. Se llevaron al Piernas, a Plabito y al Chino. El asunto fue que se los trastearon primero y por acá les hicieron la vuelta. Los duros se abrieron rapidito pa otros lados, yo hasta ahora me estaba acomodando. A mí si me las cantaron, pero yo no pensé que estos manes fueran así de cabrones. Igual no alcancé a los diecisiete. Estaba en el pozo con Chompitas, pensamos que hasta allá no llegaban. Fue cuestión de una semana y nosotros por ser los nuevos y ya fichados, estábamos de primeras en la lista. Nos rodearon los manes, ni siquiera sentimos el sonido de los carros. La gente ya no salía por los volantes de los paracos que calentaron el parche. Nos metieron en la camioneta y después nos dieron camuflados, el mío me quedaba volando. No eran tombos, eran militares esta vez. El Chompitas trató de comprarlos pero le dieron un culatazo. Aprovecharon para quitarle la severa chaqueta adidas y el billetico.

Luego nos trajeron para aquí, pusieron cierta distancia, nos dieron unas palas y dijeron que caváramos. Somos un parche regrande, hay como quince aquí conmigo que también deben estar viajando. Ellos eran como veinte, y otro man que era el sargento que era el que daba órdenes, a ese lo había mandado un teniente, pero ese ya no estaba acá. Los manes estaban bebiendo guaro, se me hacía agua la boca de la sed. Los otros manes eran de otros lados y unos tenían pinta de campesinos porque cogían la pala rebien, yo me moría por un chorrito, pero si uno paraba se venían y le metían un coscorrón con el casco. Uno de los chinos campesinos ya estaba cascado, entonces mejor ni preguntar ¿qué hacíamos en medio de una montaña oscura cavando un hueco? El Chompitas se puso a llorar, les dijo que él cambiaba, que hacía lo que quisieran. Uno de los cafuches le cogió la flota y se lo llevó a un matorral, cuando volvió el Chompitas, tenía la cara descompuesta, no paraba de escupir y encima estaba cascado. Nos tocó ayudarle a unos a cavar el hueco para que no lo siguieran levantando.

Cuando calcularon que el hueco era suficientemente profundo nos dispararon. No nos avisaron. Algunos alcanzaron a correr otros no dejaban de gritar:
-No nos maten por favor, no me maten, por diosito no me maten.

Es todo lo que recuerdo de eso, sentí que las balas me quemaban la piel a pedazos y mi cuerpo se astillaba. Pero ahora no recuerdo nada, ni como me llamo, ni siento nada, o más bien: lo siento todo.

¡Ya! ni sé

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