Comunicación Alternativa // ISSN 2145-390X

EL VOTO EN BLANCO SI TIENE VALOR

Por: Guillermo Castro. Opinión.
Fecha de publicación: 11 de junio de 2014.

En camino a enarbolar la bandera del Santos positivo se encuentran algunas fuerzas de la izquierda colombiana. La principal razón es la de izar un símbolo de paz con los acuerdos que se adelantan en La Habana, Cuba; la posibilidad más concreta que tiene Colombia en la última década de lograr aunar esfuerzos por la consecución de una salida política al conflicto entre la guerrilla y el establecimiento.

La paz no es fruto de estas conversaciones, ni será una realidad con la firma del acuerdo; la paz es un cambio de las causas estructurales que son sintomáticas del conflicto colombiano; causas que decaen en el miedo, uso del territorio, acceso como derecho a la educación, la salud, la vivienda, etc. Si el presidente es el adalid de la firmatón de tratados de libre comercio, la confianza inversionista rotulada con locomotora minera, el uso de la fuerza pública para detener la inconformidad social, el saqueo de los recursos naturales, el cambio de nombre a la salud para seguir en lo mismo con las mismas, el promotor de una reforma a la justicia aventajada para las élites, el baluarte para que fuera una realidad el fuero penal de inmunidad militar, es evidente que Santos no es el candidato de la paz... es otro candidato del sistema..

¿Pero que Santos es el menor mal? William Ospina en un
artículo profundamente criticado, ha realizado una labor de escritura precisa para detallar el nivel de argumentación espurio de quienes ostentan la tesis de que el mal menor es Santos; en este artículo Ospina reafirma su carácter de simpatizante de la izquierda, pero devela que el mal menor realmente es Zuluaga, y no el presidente: “el uribismo es responsable de muchas cosas malas que le han pasado a Colombia en los últimos 20 años, pero el santismo es responsable de todas las cosas malas que han pasado en Colombia en los últimos cien años (…) Por la ilusión de la paz, Colombia podría firmarle otra vez un cheque en blanco a la vieja aristocracia (…) (Uribe y Zuluaga) No fingen ser de izquierda para darle después la espalda a todo; no fingen ser tus amigos cuando les conviene. Con ellos no es posible llamarse a engaños: si hablan de guerra, hacen la guerra; si odian a la oposición, no fingen amarla.” La tesis principal es que a Santos realmente no se le mira indistintamente como al otro candidato, que sí se muestra tal cual como guerrerista, protector de la clase dirigente del país; es mejor saber con quién hay que hacerle oposición recia y no un mandatario que finge, miente y llama a sus habituales contradictores políticos para que le den un espaldarazo en su afán de reelegirse... El menor mal, a la usanza de nuestros dichos, es el malo conocido que el mejor por conocer... A Zuluaga, y por ende al ventrílocuo de Uribe, ya se le conocen de sobra, pero Santos se llena de discurso enarbolando palabras que no le parecen propias. Es que entre los dos lobos hay uno que se muestra tal cual, y uno que se arropa con las enaguas que no le son propias, y se convierte en un falsante, que quiere cuidar a la paloma de la paz, cuando en su naturaleza de lobo siente el impulso de tragársela...

En síntesis, Ospina no ha tomado partido por Zuluaga, sino que dada la situación de polarización que vive el país, se le ha relegado el papel de sus letras para catalogarlo en un lado que nunca le corresponderá al escritor. El autor de “¿Dónde está la franja amarilla?” ha puesto un debate del por qué los neosantistas consideran que Santos no es tan malo como ellos mismos creían hace pocas semanas. Si lo pusieran a escoger, evidentemente el escritor optaría por uno con el que sepa a qué se tiene que atener.

Pero desde el plano meramente político también existe el disenso. El senador del Polo Democrático Jorge Robledo, respetado por sus denuncias y sus propuestas en el plano nacional, ha sido por ahora el más coherente de la dirigencia de izquierda por su planteamiento del voto en blanco. Y es que efectivamente rechaza el postulado de tener que escoger entre un lobo disfrazado y uno sin corbatín; de tal suerte que ha optado por el voto digno y de opinión que ofrece el tercer candidato, el voto en blanco, pese a la consecuencia legal de que no dispone ahora de la misma fuerza que hace dos meses, en la primera vuelta presidencial.

Robledo fue el candidato al Senado, en listas abiertas, más votado el 9 de marzo pasado, con 191.910 votos. Los votos de opinión que maneja el senador permiten deducir que su propuesta de votar en blanco para la segunda vuelta presidencial, debe tener el mínimo respaldo de este importante sector de votantes de la sociedad colombiana. Más aún por representar un importante porcentaje (mínimo del 10 por ciento) del total de votos que obtuvo el pasado 25 de mayo la fórmula presidencial Clara López (Polo) – Aída Avella (Unión Patriótica): 1'958.414 votos en total. Ahora bien, el principal partido político de izquierda en el país
decidió no apoyar a ninguno de los dos candidatos que se disputarán la Presidencia en segunda vuelta, y aclaró que invita a sus simpatizantes a votar en blanco o abstenerse. Haciendo caso de esa directriz, como se esperaría, los simpatizantes de la izquierda en el país, consecuentes con su lógica de oposición, deberían votar en blanco; y quienes lo hicieron por el voto en blanco en la primera vuelta (770.610 ciudadanos en todo el país) deberían mantener su postura, de tal suerte que se sumarían un total de 2'729.024 votos en blanco en la segunda vuelta presidencial. Si a estas cifras se suma el inconformismo de quienes anulan el voto (311.758 ciudadanos), tendríamos una cifra de 3'040.782 colombianos que tienen en su poder la posibilidad real de mostrar una inconformidad con el sistema electoral, y el show político.

Para la segunda vuelta presidencial del 2010, disputada entre - quien a la postre resultó elegido - Juan Manuel Santos y Antanas Mockus, el resultado electoral mostró que 444.274 ciudadanos optaron por el voto en blanco como la mejor alternativa de indignación; antes, en 2006, para la reelección de Álvaro Uribe, 226.297 ciudadanos optaron por el voto en blanco. Este año, en la primera vuelta presidencial, como se dijo, 770.610 personas optaron por esta alternativa. Es decir, el voto en blanco ha tenido una tendencia histórica a crecer, y si la izquierda coherente se une (y no opta por el menor de los males que es el bueno por conocer) con quienes anulan el voto, votaron en blanco e incluso con algunos miles de los millones de abstencionistas, se podría tener una votación histórica de mínimo tres millones de inconformes e indignados que con el voto en blanco le darán un halo de ilegitimidad al gobierno que quede. Es una oportunidad histórica; nunca antes en Colombia para las elecciones presidenciales, se ha estado tan cerca de deslegitimar a un gobierno con votos de opinión, que serán los que se contabilicen en blanco este domingo 15 de junio: de tal suerte que el voto en blanco ¡sí tiene valor!

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