Comunicación Alternativa // ISSN 2145-390X

LA DIOSA SUICIDA

Por: Carlos de Urabá.
Fecha de publicación: 27 de abril 2010

La modelo colombiana Lina Marulanda se tiró desde el balcón de su lujoso apartamento en el norte de Bogotá ¿qué se esconde detrás de este trágico suceso?

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Lina te fuiste, te llevaste al más allá tu belleza y sensualidad. Lástima, yo que había colocado tu afiche en la cabecera de mi cama y todas las mañanas me despertaba lanzándote besitos para luego arruncharme a mi almohada creyendo que eras tú la que tenía entre mis brazos.
 
Se fue para siempre una niñita bien de la alta sociedad paisa, hija de papito y de mamita, nacida en cuna de oro y mimada por coimas y mucamas. Para Lina los mejores regalos, para Lina los mejores juguetes, los mejores vestidos, todo importado y de primera. Creciste rodeada por una corte de aduladores que te echaban flores y piropos: la más preciosa, la más linda rosa del jardín.
 
Pero detrás de ese cuerpo escultural se escondía una muñequita engreída y caprichosa.- Espejito mágico, espejito de oro, quien es la más linda, dímelo tesoro -egoístas los demás que no piensan en mí- el yo sublimado, el súper yo, yo soy Lina, el centro del universo, la tentación de la carne.
 
Un ejemplo para las nuevas generaciones, una mujer ultramoderna e independiente, segura de sí misma, una paisa incomparable, una chica pila, seria, disciplinada, estricta y cumplidora del deber como ninguna -así la definieron sus amistades-. La primera, la más fotogénica, la mejor presentadora, la mejor modelo, toda una diosa caída del cielo.
  
Aunque para triunfar en la sociedad colombiana tan sólo se necesita un cuerpo perfecto, es decir, una inteligencia 90-60-90. Una ramera de lux ¿quizás? no quiero ser tan crudo pero qué hay de malo en venderse. De alguna manera todo el mundo lo hace, cada cual tiene su precio, ¿no? Lo importante es obtener un buen billetico y conquistar la cima del éxito: el apartamento, la finca, el carro último modelo, la tarjeta visa oro, viajes al exterior, vacaciones en Miami, New York, las joyas, los trajes de los modistos de vanguardia, comer en los mejores restaurantes, en fin, la dolce vita, el placer y la felicidad.
 
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Todos los machos se rinden a sus pies. Lina era una mujer sexi, excitante y explosiva. El amor platónico por antonomasia, una chica de modales finos, inteligente, pila, egresada de los colegios y universidades más prestigiosos, una mujer 10, ambiciosa y arrolladora que se comía el mundo a bocados. Dicen que le faltaba cariño, que lo hizo por despecho, que se sentía sola a pesar de tener un marido tan guapo o de estar rodeada de amigos y admiradores.
 
La sociedad colombiana es hedonista y ha engendrado estas mujeres narcisistas y ególatras, amantes de los lujos, aburguesadas hasta la médula de los huesos. Mujeres que no se conforman con cualquier cosa, que precisan de atenciones especiales: una cena romántica en Andrés Carne de Res, el fin de semana en las playas de Cartagena, el día de los novios en el shopping center de Miami, y nada de baratijas, las joyas más valiosas, los collares de oro, los diamantes y las esmeraldas.
 
Pero fracasó el experimento. La mejor alumna, la más deseada, la más guapa, se dejó embrujar por el estúpido juego de las apariencias y la hipocresía.
  
En ella se encarnaban todas las virtudes; el porte estilizado, la elegancia natural, la carita de ángel y unas curvas de escándalo, es decir, una niña de diseño, un producto de exportación paisa con calidad certificada. Lina, mamacita, una muñequita de porcelana; blanca, monita, de ojos color de miel, sublime e incomparable.
 
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A los 29 añitos ¡por Dios! en la flor de la vida, inexplicablemente Lina montó en cólera, tal vez, le llevaron la contraria y en un segundo perdió la cabeza. A lo mejor sólo quería meterle un susto a sus padres o a su ex esposo para que escarmentaran. A pesar de los regalitos, los lujos y las excentricidades tomó la decisión de auto eliminarse. No le quisieron rendir pleitesía y desató su venganza. Pero se le fue la mano con el cóctel explosivo de pastillas y alcohol. Salió al balcón y no estaban por allí precisamente los mariachis que solían darle serenatas, sino que la esperaba Caronte para llevársela en su barca. Ella quiso volar como un angelito, como no iba a volar una diosa coronada, pero el angelito por más que batía las alas cayó del cielo estrellándose contra el pavimento. Ahorita de nada valen las oraciones al Sagrado Corazón y al Divino Niño porque esta película ya no se puede rebobinar.
 
Colombia llora desconsolada su muerte, en la radio, en la prensa, en la televisión no se cansan de repetir la noticia una y otra vez: se mató Lina Marulanda, ¡oh! no, ¿un accidente? ¿Se resbaló con un jabón en el baño? ¿Un suicidio? ¿Tal vez estaba aburrida? ¿O en quiebra? ¿Quizás las malas compañías? ¿Quién sabe? No es posible, debe ser un error como se puede apagar una estrella que brilla con luz propia.
 
Que brille la luz perpétua. La prensa amarillista hace su agosto a costa de su última actuación. ¡Vaya morbo! los chismes, las fotos, los recuerdos, la historia secreta, los amores clandestinos, su biografía no autorizada. Al parecer ya nadie aguantaba sus manías y paranoías, perdió el trabajo, se divorció y al carajo. No sé, todo un enigma, pero al fin y al cabo un éxito en ventas.
 
Mientras tanto millones de mujeres colombianas sobreviven en la miseria absoluta, mujeres sin rostro, sin nombres y apellidos, jamás, ni por casualidad, nunca han sido ni serán protagonistas de su historia. Condenadas al olvido por una sociedad excluyente, mil veces oprimidas, luchan infatigables día a día, hora a hora, minuto a minuto; sin empleo, sin tierra, sin techo, desplazadas, con seis o siete hijos a cuestas. Son las mujeres del pueblo, las campesinas, las obreras, las coimas, las siervas, las lichigas, la escoria que se desprecia a escupitajos. ¡qué humillación más grande! Ellas nunca salen en las noticias o en la revistas Don Juan o Soho ¡qué va! Y si salen es para encabezar los titulares de las páginas judiciales o de la crónica negra. Ellas son las parias que nacieron para ser explotadas. ¡Qué injusta es la vida! y Lina porque papito no le compró un helado le entra tremenda pataleta y se tira por la ventana.
 
Lina hacía parte de la aristocracia colombiana, de esa élite corrupta y pervertida que usufructúa el poder y las riquezas. Tipejos como el banquero Sarmiento Angulo que en el último bimestre obtuvo ganancias por encima de los 1250 millones de dólares.
 
La cifra de suicidios en Colombia, -según los expertos- es la más alta de toda Latinoamérica. Es el pan de cada día y los psicólogos están muy preocupados pues incluso se quitan la vida niños de 9 o 10 años. Parece increíble que a tan temprana edad se pierda toda esperanza. Muy bajo hemos caído, muy bajo. Hasta los ancianos se aplican ellos mismos la eutanasia tirándose desde un puente o ahorcándose con la corbata. El sistema capitalista es abominable y nos envenena el alma, estamos enfermos, muy enfermos, enloquecidos por el estrés, la competencia, el éxito, el llegar los primeros y tocar el cielo con las manos.
 
Inmersos en una sociedad machista que manipula y usa a las mujeres como reclamo publicitario. Igual que se invierte en bolsa también hay que sacarle el jugo al cuerpo más atractivo y deseado; explotar las piernas, el culo, las tetas o a esos labios carnosos. El secreto es estimular la líbido de la masa y embobarla con orgasmos virtuales, masturbaciones mentales o fantasías eróticas que eleven los índices de consumo y multipliquen las ganancias.
 
Además Lina era la parcera y paisana del presidente Álvaro Uribe, la reina de la seguridad democrática y los falsos positivos, una chica que sin ningún reparo aplaudía en público los bombardeos y masacres del glorioso ejército colombiano. Para rematar comprometida de lleno con la campaña presidencial del matón de Juan Manuel Santos. Claro, como no, ella estaba al servicio del poder y de los patrones.
 
¿Qué tienen que hacer las mujeres para triunfar? En esta sociedad tan hedonista la carne adolescente se cotiza en alza y sin escrúpulos se exhiben en un catálogo, se venden al mejor postor las reinas de belleza, las princesas, las modelos o las artistas de renombre. Las más premiadas, son las mejores hembras de la hacienda, los mejores potros, culos y tetas. Un harén siempre dispuesto a hacer los sueños de los clientes realidad. No hay ética ni moral que valga y es difícil rechazar tan tentadoras ofertas en dólares bien fresquecitos. Nadie quiere comprometerse con nada pues impera un individualismo reaccionario completamente opuesto al ideal colectivo o al bien común. Es preferible dedicarse a la parranda, a la rumba, a tomar trago, esnifar coca o fumar marihuana que dar la batalla por transformar esta malparida sociedad.
 
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Y de repente se escucha un grito de espanto y sin despedirse, cae en picado la flor más linda del jardín. Muere una chica plástica y se derrumba el mundo, muere una campesina descuartizada por los paramilitares y se la echan a los perros.
 
Se hizo añicos la muñequita de porcelana y ahora todos se rasgan las vestiduras. No hay más que llantos y quejas, en qué hemos fallado. ¿Por qué? Si lo tenía todo, no le faltaba nada. Tel vez le faltaba lo más importante, el amor propio y la dignidad humana.
 
En Colombia la vanidad mueve un negocio de 6 billones de pesos anuales. Que si los cosméticos, los perfumes, las cremas, las lociones y un montón de pendejadas. Por arte de magia se ha impuesto el canón de belleza europeo y americano, la barbie gringa o la madame francesa es el patrón a imitar; una muñequita de piel blanquísima, ojos azules, el pelo rubio y cabello liso, bien, bien liso aunque las negras sufran una verdadera tortura al querer alisárselo. La vanidad made in Colombia es todo un suceso, la cirugía estética el no da más, los cirujanos plásticos no dan abasto y se han hecho multimillonarios. Los clientes a cualquier precio desean transformar su imagen y ser eternamente jóvenes; quitarse las arrugas, empinar el culo, inflarse las tetas, la naricita respingona, una liposucción y todos tan contentos porque hemos resucitado.
 
Pertenecemos a una sociedad pretenciosa y arrogante que se niega a reconocer sus límites ¿Será posible regresar a una vida mas sencilla y austera? Obnubilados por los delirios de grandeza queremos ser más, comprar más, poseer más, abarcar más, en fin, más divinos que humanos. Pero no siempre se cumplen nuestros propósitos pues los mortales somos imperfectos. Nos creemos ángeles y cuando se desata la crisis a lo mejor terminamos como una cucaracha destripados contra el pavimento.


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