Comunicación Alternativa // ISSN 2145-390X

LIBRE DERECHO A LA VERDAD

Por: Martha Delgado, MZO.
Fecha de publicación: 16 de enero de 2015.

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Ilustración tomada de www.religionenlibertad.com

Dicen los defensores de derechos humanos que la vida es sagrada. Sin embargo hay quienes dicen defender la “libertad de expresión”, y bajo ese concepto se abrogan el derecho a irrespetar la libertad del otro. Es divertido criticar un fanatismo o una ignorante concepción de sociedades ajenas a la nuestra. La de acá, la de occidente, es supuestamente la avanzada, que invade y se entromete en conflictos que le permiten escalar, supuestamente de manera pacífica, la posesión de territorios ajenos.


Hay una palabra de cajón, la del baúl de los recuerdos, la que sale cuando se desempolva, esa que si fuera tenida en cuenta desde su origen plantea construir desde la diferencia (incluyendo principios básicos como la libertad religiosa y de cultos), es la cacareada diversidad. Para nadie es un secreto que en algunos escenarios la realidad de la diversidad pasa primero por el filtro del miedo, ese que causa terror, ese que alimenta y mantiene una débil sociedad mediatizada al mejor postor. Es preciso indagar en dónde queda el ejercicio de la libertad de expresión cuando el miedo ronda, y si el derecho a informar y ser informado en igualdad de condiciones, de manera veraz, es una realidad.

De otra parte, el poder: para mantenerse se requiere crear a la sombra enemigos propios que blinden sus intereses a costa de sacrificar sus propios aliados, forma simple y metódica que a través de los años ha funcionado como parte del establecimiento de las guerras sin cuartel, con la complicidad del silencio. Frente a estos hechos ¿qué papel asumen los periodistas, hasta dónde pueden mantener su independencia sin afectar sus principios y su ética, hasta dónde pueden conservar su trabajo, su manera de subsistencia? No puede perderse de vista que algunas cadenas y empresas de medios, que pregonan falazmente la diversidad de voces, pertenecen a grandes emporios económicos que sustentan el poder...

De igual manera es necesario reflexionar: ¿cómo asumen la culpabilidad los gobiernos que participan y apoyan imperios que someten y bloquean naciones enteras sin importar la vida, ni el desarrollo de hombres, mujeres, niños y niñas que sufren las consecuencias inhumanas de conflictos que les arrebata un juguete a cambio de un fusil, una mirada de odio plegada a la desesperanza de perder su familia, tras un pedazo de pan bajo los muros destruidos de la que fue su casa, su escuela, su patria? Los medios de comunicación, aparte de contar lo que sucede, ¿qué papel desempeñan en la sociedad frente a estos hechos?

Además de cuestionar la función social de los medios, surge la inquietud de evaluar: ¿qué porcentaje de medios de comunicación informó la verdad sobre estos hechos? ¿Cuántos hicieron un despliegue tal que garantizaran o promovieran el derecho a la vida? Es posible que se hayan limitado a cumplir con su tarea de informar, mostrando imágenes desgarradoras para promocionar el ejercicio de la libertad de expresión, expresión de aquellos que enmudecieron con el dolor de ver la muerte como una aliada más.

Así como la libertad de expresión no se fomenta con manipuladas intervenciones – provocadoras y destructivas armas letales que desencadenan la muerte y el control mediático de la población –, tampoco la vida puede someterse a la visceral reacción que genera la desmedida intención de quien quiso pintar un chistoso cuadro, que arrasó con su pincel la esencia fundamental de una cultura que solo sus propios seguidores pueden interpretar. Tampoco se puede justificar que por salvaguardar la seguridad de una nación, el miedo y la extralimitación de funciones de los gobernantes, condenen a quienes ejercen el periodismo a una nueva patria llamada exilio para poder expresar la verdad, sin correr el riesgo de ser desaparecidos, torturados, o silenciados mediante campañas de censura o simple y llano miedo.

El imperialismo no es una mentira organizada, es una célula cancerosa que invade y carcome sin control el tejido social, dejando a su paso el registro visual de una huella que a manera de código genético forja su propia destrucción, mediante el deseo involuntario del sometimiento, del caos, de la destrucción. No se puede dejar de lado la concepción acertada de confirmar que algunos medios de comunicación, sus periodistas y comunicadores sociales, hacen parte de ese tejido.

Es, en síntesis, significativo recapacitar si vale la pena comunicar y dejar que la voz misma se propague para corroborar la diferencia abismal contenida en elementos como la solidaridad y el respeto; estos dos, bases de la construcción de la sociedad misma y que puestos en ejercicio deben ser entendidos como una acción humana en la que hay que desaprender, pero también aprehender la lección real de compartir: dar lo que se tiene a cambio de recibir lo que sobra, pero disponerse a recibir, pues en los avatares de la vida hasta provocar la muerte parece normal.

 

 

 

 


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