Comunicación Alternativa // ISSN 2145-390X

LA DANZA DE CHANCHIRO.

Por: Ya ni ¡sé!
Fecha de publicación: 1 de abril de 2010.

Kamino treinta y tres. La Danza de Chanchiro


Porque no engraso los ejes me llaman abandonado, si a mí me gusta que suenen pa´ que los quiero engrasar. Es demasiado aburrido seguir y seguir la huella, demasiado largo el camino sin nada que me entretenga. No necesito silencio yo no tengo en qué pensar, tenía pero hace tiempo, ahora ya no pienso más. Los ejes de mi carreta nunca los voy a engrasar.

Chanchiro danzaba como una hoja arrastrada por el aíre de un suave remolino, daba círculos buscando el pedazo de lo que fuera, pata, colilla, empaque de bóxer, sobrado de felpa, o algo para llenar la pipa hecha de manera artesanal con materiales reciclables que se conseguía con un grito: ¡Compro una pipa! Y del mar de gente que componía esas tres cuadras aparecía en menos de un segundo una mano que ofrecía la pipa, como una ola, la entregaba, recibía el dinero acordado sin palabras –tácitamente-. Yo me quedé con ganas de llamarlo, de decirle que se fumara un porrito conmigo, pero de qué le iba a hablar ¿de las elecciones ganadas por los ricachones? ¿De que ya no le van a cubrir el tratamiento del cáncer a mi viejita? ¿de que la plata ya no alcanza para nada y tengo un montón de deudas? Y estoy mamado de cortar carne y trabajar como un burro para no tener nada.

Pensé también en contarle de la primera vez que fumé ganya con mi novia y la manera en que recordamos cada parte de nuestro cuerpo después, en mi cuarto. Después dejamos la ganya por el trabajo cuando vinieron los niños y después fue que la volví a probar con los amigos del parche y de vez en cuando salgo de la carnicería y me vengo hasta aquí en Indira, mi burra, a fumarme un porrito como ahora. Sentado sobre esta banca de una pequeña sala que más adentro también tiene poltronas por si uno se quiere sentir más cómodo y relajado frente al paso veloz de la gente que cruza a la salida de uno de los cambuches de la olla más grande y legal de Bogotá la: “L”.

Pensé, -y tuve tiempo de hacerlo porque Chanchiro, aunque no escuchó mis primeros llamados quizás por el ruido reinante, se quedó dando círculos durante un buen tiempo-, en hablarle de cómo le iba con el fútbol, si había vuelto a jugar como cuando éramos pelaos y nos veíamos en el parque de la esquina armando equipo contra el que hubiera y durábamos hasta las ocho o nueve en esa tarea. Él y el Morocho eran de los que más jugaban, éramos equipo con el Titi, el Tacho y Kunfú, yo les hacía buenos pases y les defendía bien. Si se acordaba del golazo que hice en la final contra Taximetros Molina desde mitad de cancha en banquitas, severo riflazo y de cómo los de la CalidPan se robaron la copa del otro campeonato, pero todo el barrio sabía que la copa era nuestra y nos felicitaban. De la última vez que nos vimos cuando él se fue de la casa diciéndome que se iba a vivir en otra ciudad, y la vez que lo pillé colándose en un bus en el Centro y pidiendo plata en la calle, y con un costal y ahora aquí, que embarrada. Supe de chismes que el man estaba en la inmunda y que había ido a centros de rehabilitación que funcionan como las cárceles que empeoran el problema en lugar de corregirlo (como dicen) porque enseñan más mañas. También supe que había empeorado y después no volví a preguntar.

Creo que tampoco voy a preguntar nada ahora, es mejor dejar que se pierda entre el tumulto de gente que sale a la otra esquina y volverá a pasar por aquí en un momento buscando la vida en una pipa. Sólo nos relaciona la traba hoy en día y yo nunca fumé con él, él se fue alejando del parche y por eso quizás los demás la evitamos en esa época, prefiero recordarlo como era a sus once años haciendo gambetas y pepazos, hablando durante horas en el parque, tomándonos la gaseosa que habíamos ganado.

 

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